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sábado, 3 de septiembre de 2011

El círculo del silencio - Cadáver exquisito


                              "escribo para que me sea dado el silencio "
                                                                       Miguel Ángel Bustos


El silencio nos lleva al más allá

mi miedo se pierde ante el grito primal

y en una risa, se esconde una balada  mortífera.

Sin miedo al ser que se esconde dentro

basta la mirada. El resto, silencio.

Y entonces la armonía lo sintetiza todo.

Él se adueña de todos los seres mudos.

Las palabras del ayer , son las letras de la

  disfunción de hoy.

Un frenesí de colores , lo interrumpe, ruidoso.



Nota : en ningún momento se propuso un tema para escribir.


Autores: Cecilia Borda, Gastón Fernández; Lucas Soimer; Cristian Navarro; Melina Espinoza; Lía Moreno; Gabriel Ferré ;  Abraham Eisemberg Y Gabriela Bruch

miércoles, 1 de junio de 2011

Mi primer cadaver

Invade el sol en la mañana clara de verano.
 El ser comienza cuando toma conciencia de serlo.
Mentira la verdad, ¿el gusto? ¿y el amor?.

 Aquella miradas me impacientaban, pero me apasionaban.
                (Sólo esta noche , cabalgarán las almas)

Ella poseía la más linda sonrisa y ocultaba el sol
 y los cristales en añicos al borde de la cama
                             ( y al final dijo que no, que jamás).

El silencio llena el ambiente , la vida.

Para no guiarse por los axiomas, lo mejor es crear uno.
VIDA SALUDABLE Y DISCRETA.

Tristeza vaga en tu dulce mirada.
 He agotado los recursos que me llevan hasta el milagro.

 Ella se aleja de mí, no debo rogarle
           pero lo lamento al ver sus ojos alejarse.
(Y el brillo de una lágrima,se distingue en un pétalo negro)

 Y allí es donde gritamos otra vez
que nunca más
                                                           volveríamos a hacerlo.
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Cadáver exquisito creado en el taller literario.
Autores : Cecilia Borda, Lucas Soimer, Gastón Fernández, Cristian Navarro, Lía Moreno, Fede Fernández, Malena González Trejo Y Gabriela Bruch

Jason, el ocupa de enfrente (capitulo 5: "A ciegas")

Había visto mucha gente rara en su vida, pero a nadie con este color tan peculiar de piel. No podía entender como caminaba por la calle, sin sentirse discriminado. Luego se dio cuenta que solo él era el que veía algo raro en este señor, todo el mundo pasaba por delante de él sin inmutarse. Nada que él tuviera parecía molestarle a la gente, o sorprenderle siquiera.
Caminaba por la calle tranquilamente, como cualquier persona. Pero Gabriel sabia que algo malo iba a pasarle. Este hombre no sabía cuál sería su destino, Gabriel sí.
El cielo comenzó a cambiar. Se tiño de rojo. La gente comenzó a caminar más rápido. Todos lo miraban a él, que caminaba tranquilo por la calle. ¿Por qué van tan rápido? Ya corrían. Lo señalaban. Una señora se paró delante de él. Lo miró fijo a los ojos.
-No puedes hacer nada y lo sabes.
Y siguió corriendo.

Sonó el despertador. Se sobresaltó un poco al despertarse, pero en el fondo, sabía que estaba teniendo un sueño, y que no faltaría mucho para escuchar el sonido de la alarma.
Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara y se quedo mirándose al espejo. Respiro profundo. No podía dejar de pensar. Su cabeza trabajaba a mil revoluciones por minuto.
Ella era especial. Había hecho excepciones con otras personas antes, lo cual le trajo muchos problemas, pero con ella era necesario seguir intentando. Sabía que no debía, pero ella le impedía pensar con claridad.
Anabela estaba en contra de cualquier cambio en la realidad, pero ella no entendía, ella no tenía ese don, esa maldición. Sus poderes, eran diferentes a los de Gabriel, el debía lidiar con lo correcto, lo moral, todo el tiempo. Como lo decía su madre cuando se dio cuenta de los poderes que había desarrollado: “una bomba de tiempo” “el más poderoso de todos nuestros poderes, y aun así, el más peligroso”.
Luego de haber tenido que lidiar con varios episodios de incertidumbre en cuanto al futuro del mundo, por haber usado sus poderes de manera descontrolada, supo entender que debía controlarlos mejor, que debía pensar antes de hacer las cosas. Le tomó años de trabajo y dedicación poder hacerlo. Entendió que podía cambiar algo, podía ayudar a alguien, pero a veces las consecuencias podrían ser terribles.  Entonces dejó de hacerlo, dejó de usar su poder. Se concentró en aprender nuevos trucos, junto a Anabela lograron que el aprendiera a utilizar otros poderes que los tenía muy guardados. Aunque nunca superaron la adrenalina que le causaba usar los otros poderes, sus poderes.
Termino de cepillarse los dientes y se dirigió al comedor. Anabela siempre se levantaba más temprano para preparar el desayuno para ambos. Se sentó en la mesa luego de saludar a su hermana con un beso y un abrazo. Gabriel no era muy demostrativo con la gente. Conocía a muy pocas personas, no tenía amigos, las pocas personas que lo conocían pensaban de él que era distante, frio e insensible, despertaba murmullos al pasar entre grupos pequeños de gente. Pero él no era de esa manera. Tantos años de esconderse del mundo para proteger a su familia lograron que parezca así. Con su hermana era muy afectivo. Ella se esforzaba mucho para mantener todo en orden. Se ocupaba de la casa, del negocio familiar, de mantenerlos en las sombras para que no descubran sus poderes, se ocupaba de mantenerlos con vida. Gabriel solo traía los problemas a la casa.

-Así que, desestimando todas mis advertencias, hoy te encontrarás con ella. ¿No es así? ¿Cuándo voy a poder estar tranquila y no tener que preocuparme por tus cosas?- le dijo mientras untaba una tostada con manteca.
 Gabriel la miró, pero no le contestó. Tomó otro sorbo de café.
-Sí. Te leí de nuevo. No pude evitarlo. Desde que te levantaste que estas pensando en ella y en su encuentro de esta noche. Lo piensas tan fuerte que no se si sale de tu mente o de tu boca a gritos.
¿Qué es lo que tiene? Es una más del montón ¿Por qué le das tanta importancia? ¿Te das cuenta de que es probable que estés cometiendo un grave error? No sabés las consecuencias que esto puede traer, y sin embargo seguís adelante. Realmente no entiendo.
-Si me leerías bien la mente, me entenderías- se levantó y se dirigió a la sala de trabajo.

Ese día se reuniría con ella para hablar, para intentar calmarla, para tratar de hacerla entender. Sabía que mucho no podía contarle, pero lo intentaría sin poner en riesgo su vida. Todavía no podía creer lo que había hecho el día anterior. Nunca creyó que llegaría a contactarse con ella. Parecía tan irreal. La carta, el encuentro esa noche. Estaba superando sus propios límites.
Se sentó en el centro de la sala con el artefacto DICCACEP-DLH (creado por Anabela para usarlo en ocasiones especiales en las que necesitaran saber cosas del futuro a largo plazo que Gabriel no pudiera ver).
No funcionaba.
Volvió a hacer todo el procedimiento.
Tomó el dispositivo, un teléfono celular de pantalla grande, lo acercó a su ojo. Luego de que una luz roja escaneara su pupila, alejó el teléfono para poder ver la pantalla. “Bienvenido nuevamente Gabriel” aparecía ahora en la pantalla. “vuelva a colocar la pantalla cerca de su ojo, e imagínese el cambio a realizar”.
Gabriel volvió a acercarse el teléfono al ojo, espero unos segundos, lo alejó nuevamente y lo colocó en el piso esperando.
-¿Otra vez con lo mismo?- Anabela había entrado en la habitación mientras Gabriel intentaba usar el dispositivo- Ya te dije que si no muestra nada la primera vez que lo intentas, es inútil, no mostrara nada aunque lo intentes miles de veces, no tiene respuesta, puede suceder cualquier cosa.
-O puede que no suceda absolutamente nada.
-Sí, pero no estamos seguros.
-No, no lo estamos. Pero voy a seguir intentando. Sé lo que dijiste, pero avéces las cosas cambian. ¿O acaso yo no aprendí a usar otras habilidades? Quizá el aparato funcione.
-El aparato funciona bien- Anabela se dirigió hacia donde estaba Gabriel y se sentó frente a él en el suelo.
-Yo no lo veo hacer nada- dijo Gabriel irónicamente acercando la cara más al suelo donde estaba el teléfono con la pantalla hacia arriba.
-No hace nada porque no tiene respuesta, eso no quiere decir que no funcione. Dejá de cuestionar mi trabajo, sabes que funciona bien. Al fin y al cabo, tu poder es más poderoso que mi dispositivo y sin embargo tampoco podes ver nada, así que no te quejes.
-Ya lo sé- frunció los hombros.
-Bueno, entonces no te la agarres con migo, porque solo trato de ayudarte.
-Tenés razón, perdoname-Tomó el celular DICCACEP-DLH y lo apagó. Sin embargo se quedó sentado en el suelo.
-No seas tan impaciente, ya vas a encontrar la solución para esto.
-Tanto tiempo reprimiendo mi poder, por miedo de hacer demasiados cambios, intentando concentrarme solo en las premoniciones, tratando de hacer aparecer nuevas habilidades que no fueran peligrosas, años de trabajo y dedicación lograron que pueda controlar mis poderes. Que no tuviera la necesidad de arreglarlo todo, me mantuve ocupado en otras cosas, pero ahora que quiero ayudar a alguien, mis poderes ni siquiera están al cien por ciento presentes ¿De qué me sirvió tanto control si no puedo utilizarlo correctamente? Antes era más peligroso, es verdad, pero por lo menos podía hacer lo que quería, podía cambiar cualquier cosa, sabiendo las consecuencias aun antes de hacer nada. ¿Y ahora? Ahora solo sé que algo anda mal, pero no puedo ver el cuándo, el cómo, ni las consecuencias a corto plazo. ¡No veo nada! ¡¿Por qué ella no me deja ver nada?!- Gabriel estaba agitado, y sudaba. Algunas de las cosas de la habitación estaban flotando en el aire.
-Tratá de calmarte un poco, no va a ayudar en nada que estés nervioso. Todavía no controlás bien tus nuevas habilidades. Mirá lo que estás haciendo. Respirá profundo no te impacientes, ya vas a poder ver algo. Yo te voy a ayudar. No sé qué es lo que tiene esta chica, pero te voy a ayudar, los dos vamos a encontrar la solución. Pero tenés que ser más paciente- mientras hablaba hizo un ademan con su mano y las cosas que flotaban comenzaron a bajar lentamente situándose donde estaban- andá a terminar de desayunar, después vamos a ver qué podemos hacer. Vamos a tener un plan. No nos vamos a quedar  sentados. Pero vamos paso a paso. ¿Okay?
-Está bien.
Volvieron al comedor y se sentaron nuevamente.
-Gracias Ani, no sé qué haría sin vos- le dijo mientras ponía azúcar a una nueva taza de café.
Anabela le sonrío-nada, desastres nada más.
-Callate- los dos rieron. Luego se produjo un silencio.
Cada uno volvió a sumergirse en su mente buscando respuestas.

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DICCACEP-DLH : anagrama de las siglas de “Indicador De Posibles Cambios Catastróficos A Causa De Interferir En El Curso De La Historia” con alguna que otra letra omitida por Anabela

miércoles, 26 de enero de 2011

Jason, el ocupa de enfrente (capitulo 4: Su verdadero nombre)

Día de franco. El día en que supuestamente uno hace todas las cosas que otros días no puede hacer. A menos que estés en ese estado en que tenés ganas de hacer de todo, pero no podés levantarte de la silla.
Bueno, yo estaba en ese estado hoy a la mañana. Quería hacer de todo, pero no tenía ganas. Es raro, porque me estoy quejando toda la semana porque no tengo tiempo para nada, pero cuando lo tengo, me siento a hacer zapping y hasta ahí llega mi actividad. Es una lástima porque después me termino arrepintiendo. Así que tomé los auriculares y salí a caminar un poco para despejarme y pensar. Quizá de esa manera se me ocurría que hacer.
La calle estaba llena de gente. Obviamente, ya que era día de semana. El sol pegaba bastante fuerte aunque era temprano. Decidí caminar un poco más e ir hacia una plaza que había cerca a tomar un poco de sol. El parque estaba lleno, pero logre encontrar un lugar para sentarme. Decidí no tomar sol al final porque para cuando llegue estaba demasiado fuerte y no había llevado protector solar. Asique me senté debajo de un árbol para estar en la sombrita. El pasto estaba bien verde y recién cortado. Me deje llevar por ese aroma y me sentí sola en el mundo. El viento me despeinaba, estaba bastante fuerte. Me venían todos los perfumes de los bronceadores que usaba la gente que estaba tomando sol cerca de mí. Y me creí en la playa durante un momento. Y sentí que todas mis obligaciones desaparecían, y era libre de hacer lo que quería, y corría y bailaba y hacia cualquier cosa que se me ocurriera, sin pensar en nadie más que en mí. Fui egoísta, ya lo sé. Pero fue lo que pensé en ese momento.
Me sentí un poco hambrienta así que me levanté y decidí volver a casa para prepararme algo. Llegué toda transpirada. Cuando abrí la puerta me paralicé. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Y sentí una punzada en los pulmones. Había un sobre blanco en el piso, con mi nombre escrito en letras grandes. No sé porqué pero presentí que era de Jason. Me lo imagine parado en la vereda. Mirando la puerta de mí casa. Quizás esperando que abra la puerta. Y yo en vez de quedarme en casa como hago siempre, me fui a caminar. ¡Qué estúpida que fui! O quizás simplemente vino y tiró la carta por debajo de la puerta. Tal vez vino porque me vio irme. En ese caso, salir a caminar fue lo mejor que hice en estos días.
Me abalancé hacia el sobre y lo abrí desesperadamente. Dentro había una hoja de papel escrita en máquina de escribir. Mi nombre de pila como título. No pude leerlo. Dejé la hoja en la mesa y me senté en una silla. Me quedé sentada mirando la hoja.
Se quedó sentada mirando la hoja, sin poder moverse. Quería leerla, pero tenía miedo de lo que podía encontrar. Pensó que quizás era una carta de despedida. O una nota como la que le arrojó desde la construcción la otra noche. Decidió no hacerse más preguntas. Se levantó y tomo la carta.
“Valeria:
                Sé que no me presenté correctamente y que te hice sentir un poco incomoda, hasta incluso observada. No soy una mala persona. Solo te observo por razones que quizá nunca entiendas. Solo intento protegerte. Por favor no me pidas que te explique el por qué de las cosas que hago. No quiero perturbar tu vida. Por eso hago lo que hago, alejado. No intentes buscarme o alcanzarme cuando me veas, porque no lo lograrás. Olvidate que existo. Borrá de tu mente las veces que me viste. Seguí tu vida como si nada hubiera ocurrido. Nunca me viste desde la terraza de tu casa. Nunca te salvé de aquel accidente. Nunca te mande esta carta.
Adiós.”
Valeria no podía ni respirar. Cuando terminó de leer la carta la rompió completamente. Esparció todos los trocitos de papel por el aire y tirando manotazos. Estaba furiosa. Comenzó a gritar desaforadamente y se arrojo al suelo y revolvía los pedacitos de papel mientras lloraba. No lograba entender porque se atrevió a hacer una cosa así. Después de las veces que la siguió y la vez que le salvó la vida. Como se atrevió a mandarle una carta pidiéndole que ella lo olvide a él. Él la acosaba, la seguía, la observaba. ¿Y ella debía olvidarlo? Realmente estaba furiosa. Pero también estaba triste, porque nunca imagino un final así. Cuando vio la carta al entrar en su casa, imagino una declaración de amor, una carta llena de sentimientos. Se desilusionó tanto que decidió irse a dormir. Sin comer. Aunque tenía hambre y no sueño. Solo quería recostarse en la cama y no levantarse nunca más. Caminó hacia su habitación al final de un pasillo que comunicaba el comedor cocina, el baño, la habitación y la escalera hacia la terraza.
Era una casa estilo “chorizo”, así la llamaba. Una habitación principal en el centro y las demás habitaciones y el baño comunicados por un pasillo largo. Este no era tan largo, pero igualmente ella lo llamaba así. Era una casa bastante antigua, pero Valeria la tenía en buen estado. En el comedor, una mesa redonda de madera cubierta con un mantel antiguo de lino, bordado a mano. Regalo de su abuela. Cuatro sillas alrededor, con flores talladas en el respaldo, con las patas curvas. Las paredes pintadas de color cremita, con algunas flores pintadas de distintos colores, ubicadas de forma dispar en la pared que no tenía ningún mueble apoyado. En la cocina, una mesada de mármol granito gris. Una canilla muy vieja y oxidada, azulejos blancos con manzanas y peras. Alacena y bajo mesada de madera rustica sin pulir. En otra pared la heladera y una mesita con velas, porta sahumerios, y un buda pequeñito. En el pasillo que comunicaba las demás habitaciones había colgados cuadros de distintos artistas no conocidos. Todos eran distintos, no pertenecían al mismo tipo de pintura, uno era abstracto, el otro un retrato, otro un paisaje. Del techo caían llamadores de ángeles y cazadores de sueño por doquier. En la mayoría de las esquinas había alguna fuente o velador de pie, o un duende posando sobre la pared, encima de alguna mesita cuadrada. En el dormitorio, no muy grande pero si con el techo muy alto, un ventilador de techo lleno de pelusa y polvo creaba figuras en las paredes por la sombra que generaba al estar más abajo que la luz que iluminaba dicha habitación. Valeria nunca entendió por qué alguien pondría luces spot en el techo de una habitación antigua y después un ventilador de techo de madera tallada con figuras y amarrado al techo con cadenas de bronce. “Algo que no combina para nada” en palabras de Valeria. Una gran cama de dos plazas ocupaba la mayor parte del espacio, junto a un ropero de tres puertas, y un espejo de cuerpo entero de pie, colocado sobre una de las esquinas. Una enorme ventana que daba a la calle dejaba plasmada sobre el piso y la cama una figura horrible, ocasionada por reflejarse los rayos del sol sobre las rejas.
Cerró las cortinas y bajó la persiana. Se dejó caer sobre el acolchado cual bolsa de papas. Se quedo mirando el techo, al ventilador moverse. Todo empezó a dar vueltas y sus ojos comenzaban a pesar. El aroma a vainilla del hornito que puso al entrar en la habitación comenzaba a sentirse, y logró relajarse aun más. Ya no recordaba por qué estaba furiosa. Ya no recordaba estar en su cama, en su casa. Ya no recordaba quién era. Ahora cantaba y danzaba al caminar. Estaba en la playa, el aroma a mar y a vainilla reinaban en el aire. Del cielo llegaba un viento cálido. Volteó la cabeza, estaba recostada sobre la arena ahora, y miraba el mar. Caminando del océano apareció Jason cubierto de algas y caracoles. Se acercó hacia ella y se sentó a su lado.
-          Siento hacerte esto. Yo solo quiero ayudar, pero siempre me sale mal. Lo siento de verdad
-          No lo sientas
Se miraron a los ojos sin decir nada más. Él se levantó y volvió al mar. Se convirtió en agua otra vez.
Valeria abrió los ojos. Estaba recostada en su cama. Su estomago hacia ruido, recordó no haber comido. Se levantó y abrió la persiana. Ya no había tanto sol y se preguntó por cuánto tiempo habría dormido. Miro su reloj de pulsera, ya eran más de las cinco de la tarde. ¡No lo podía creer! Se dirigió a la cocina para prepararse algo de merendar. Se preparo una rodaja de pan con queso blanco y mermelada y un vaso de leche blanca. Coloco todo sobre la mesa y fue a encender la radio que estaba en un estante debajo de la mesita al lado de la heladera. Puso radio Disney en el dial. Cuando levantó la cabeza para volver a pararse vio en el piso un sobre.
¡Otro sobre! No lo podía creer. Cerré los ojos y los volví a abrir. Quizás estaba teniendo visiones. Todavía estaba media grogui por el sueño. Un sobre igual al de hoy al mediodía, con mi nombre escrito en letras grandes. Lo levanté del piso y me senté en la mesa. Tomé un sorbo de leche y abrí el sobre. Esta vez con más tranquilidad, ya podía esperar cualquier cosa después de la carta anterior. Pero cuando la abrí todo cambió. Ésta era totalmente diferente. Me sentí flotar mientras leía las pocas palabras que decía. Era como despertarse de un sueño hermoso y darse cuenta que la realidad es mucho mejor. Mi corazón latía con mucha fuerza y mis manos temblaban. De repente me recuerdo corriendo hacia la terraza. Quería saber si estaba enfrente. Pero no. Bajé al comedor, tome mi merienda y la coloque en una bandeja y subí otra vez. Me quede allí hasta que anocheció. Seguramente aparecería. Pasaron varias horas pero seguía desierta la construcción. Ya era de noche y al otro día debía levantarme temprano para ir al hospital así que fui al baño, después comí una ensalada que tenia del día anterior en la heladera, luego me bañé y acá estoy, en mi cama escribiendo, con la carta al lado mío. Y ahora que ya sé su nombre, quiero seguir llamándolo Jason, mi Jason. Y termino mis notas del día de hoy reescribiendo la carta, la única que me importa.
“Valeria:
            Lamento mucho lo que escribí anteriormente, cambie de opinión. Te espero mañana en “Café & bocadillos” a las nueve de la noche. Calle Francia nº 1832. Si no vienes lo entenderé. Si vienes no esperes que responda todas tus preguntas.
Hasta mañana,
Gabriel. “

lunes, 24 de enero de 2011

Verde

Su estupidez e inseguridad
No lo dejaron actuar
Sentía rabia
También amor
Se fue

Con el otoño llego
El cambio
Caían como si nada
Una tras otra
Y sonreía

Un torbellino de sentimientos
Daba vueltas y vueltas
No podía parar
Y en la cama
Un teléfono sin voces
Acercaba lo lejano

Pero más tarde
Se dio cuenta
No todas habían caído
Las peores quedaban

Un día tuvo que dejar pasar
Para darse cuenta de su error
Nadie entenderá el porqué
Solo él lo sabe
O no

El vacio en su estomago perdura
Cosquillas
Palpitaciones
Temblores
Miedo

En verano ahora
Todavía hay hojas sin caer
Todos las tienen
Todos las retienen
Pero no las quieren
Ellas se aferran y
Su veneno marchita

¿Seguirá caminando solo?
¿Pensando en lo que habría sido?
¿Esperará ese viento?
¿Aunque sabe que quizá nunca llegue?
O volverá
Y se sacudirá el mismo
Para dejar caer las hojas marchitas
Y así poder estar
Como siempre quiso

Verde

lunes, 10 de enero de 2011

Jason, el ocupa de enfrente (capitulo 3: "¿El ángel de la guarda?")

Hoy voy a contar como me salvaron la vida. Como Jason me salvó la vida. Le digo Jason porque cuando lo vi por primera vez me dio miedo, y por cómo estaba vestido se parecía al personaje de la película de terror. No sé si algún día podre hablar con él. Pero me gustaría.

Hoy cuando estaba por cruzar la calle yendo al hospital. Como siempre que decido bajarme un par de cuadras antes para caminar un poco me pongo los auriculares para escuchar música, iba alejada de todo sonido de la ciudad. Solo yo y mi música. Está mal, ya lo sé. Pero me gusta. Iba comiendo una barrita de cereal porque sabía que no iba a tener mucho tiempo después para almorzar algo como la gente. Ya estaba llegando un poco tarde asique comencé a acelerar mi marcha. Cuando estaba por cruzar la calle, con un pie sobre el asfalto, veo hacia la izquierda un colectivo que viene a toda velocidad hacia mí.  Debería haber visto hacia los lados antes de cruzar, pero como estaba escuchando esa canción de Alex Ubago  que me encanta, y que me hace recordar a Jason “Me muero por conocerte, saber qué es lo que piensas…” tarareando y caminando, no miré. Cuando lo hice ya era tarde, el colectivo estaba a varios metros a punto de llevarme puesta, y yo me quedé paralizada, no pude moverme. Ahí fue cuando sentí que me agarraban el brazo y me tiraban hacia la vereda. Todo paso en un segundo, el golpe de mi caída me había hecho pensar que el colectivo me había atropellado. Tarde un par de segundos en volver a pensar con un poco de claridad. Y lo vi que se iba corriendo. Era él. Era Jason. Ahora mi salvador. Mi ángel de la guarda. Me levante lo más rápido que pude y empecé a correr. El corría demasiado rápido pero pude acercarme bastante y le grite “¡Esperá! ¡No te vayas! ¡Quiero hablar con vos! ¡Me salvaste la vida! ¡¿Por qué te vas corriendo?!” por un segundo dio vuelta la cara y me miró. Mucho no pude verlo, porque estaba ya más lejos, pero vi que tenía la barba cortadita, una gorra azul, y por más que estaba lejos sentí que sus ojos se clavaron en mí. Tuve que parar de correr porque ya no podía más. Un burbujeo dominaba mi estomago. Sentí como mis mejillas se ponían coloradas. Frené del todo y me quede parada mirando cómo se alejaba.

Volví a caminar hacia el hospital y me di cuenta al llegar que cuando Jason me tomo del brazo para salvarme, me caí al suelo y me lastimé. Estaba tan preocupada por alcanzarlo y darle las gracias que no me percate que tenía la rodilla lastimada y estaba sangrando. Me cure la herida y comencé mi día laboral, no sin dejar de pensar en el.

Le conté a mi amiga del hospital lo que me había pasado. No entendía nada así por parte, así que cuando tuvimos un ratito libre nos sentamos en la enfermería a tomar un café y le conté todo desde el principio. ¡Estaba que echaba humo! No paraba de repetirme que estaba loca y que ese tipo podía ser un asesino o algo así. Que me estaba siguiendo y que yo no hacía nada. Que encima parecía que me estaba enamorando de ese tipo. Obviamente negué todo tipo de sentimiento amoroso para con Jason, pero ella no entraba en razón. “Si me salvó la vida no creo que sea un asesino” le dije.

-Estás loca. Definitivamente – le dijo lucia cuando salía de la enfermería- Nos vemos mañana, ya termino mi turno, ¡cuídate! No seas tonta.


Más tarde en su casa, en su terraza. Seguía pensando en él. Mientras escribía lo que le había pasado, se tomaba un par de minutos para mirar hacia la construcción de enfrente para ver si aparecía su ángel de la guarda. Terminó de escribir, pero no apareció. Acabó su vasito de Gancia, fumo otro cigarrillo y bajo a su casa para acostarse a dormir.





lunes, 20 de diciembre de 2010

Jason, el ocupa de enfrente (capitulo 2: "No me vuelvas a seguir")

Valeria no podía dejar de pensar en él. Habían pasado ya tres días desde la primera vez que lo vio enfrente de su casa esa noche. Solo lo había visto una vez, no comprendía porque no se lo podía sacar de la cabeza.

Un día complicado en el hospital me toco hoy. Así empezó el primer párrafo de Valeria.
Para empezar, llegue tarde. Paro de trenes. Tuve que hacer una cola de casi una cuadra para tomarme el colectivo que me dejaría a 15 cuadras del hospital, el cual además de tardar una eternidad, venia lleno de gente y no pude subir. Recién al tercero de ellos pude subir. Ni hablar de ir sentada. Cuando llegue la cosa no mejoró. El paro de trenes terminó mal, la estación de constitución había sido destruida casi por completo por una banda de malvivientes,  y gente que no tenía nada que ver termino en el medio de la pelea y resulto herida. Más de cincuenta ingresados por cortes con armas blancas y vidrios, quemaduras de segundo y tercer grado por bombas molotov,  piñas, patadas, etc. No había lugar para tantas personas al mismo tiempo, así que fue un caos. Y ni hablar de los ingresados con heridas de bala de goma.
Estuvimos corriendo de un lado para el otro las pocas enfermeras que habíamos ido. Ni tiempo para almorzar tuvimos. Después a la tarde se calmó un poco la cosa. Por suerte aparecieron un par de enfermeras más, que habían podido viajar después de que termino toda la cuestión del transporte público, y pude salir a comer algo.

Una ensalada de frutas. Fue lo único que pudo conseguir en cuatro cuadras a la redonda. Se sentó en la placita en frente del hospital. Bajo un arbolito. Estaba exhausta después de semejante mañana. Lo único que quería era sentarse dos minutos por lo menos, a disfrutar de un poco de aire puro. Cuando termino su ensalada de frutas, se levantó, camino un poco por la plaza y se dirigió de nuevo hacia el hospital. Pero antes de cruzar la calle alguien le chisto desde la esquina. Miró hacia el costado para ver quién era, pero no había nadie. Le pareció raro que la calle estaba tan desierta. No había nadie. Solo ella. Un silencio sospechoso reinaba la cuadra. Cuando fue a cruzar la calle vio salir del kiosco de mitad de cuadra a un chico, que después de tropezarse con una señora gorda salió cuasi corriendo. Parecía muy nervioso.
Sin darse casi cuenta de lo que estaba haciendo, Valeria comenzó a seguirlo por la vereda de enfrente. El muchacho caminaba, luego corría, ella corrió también. En un momento se detuvo en seco en una esquina. Estuvo parado más de dos minutos sin moverse. Miro a sus costados como percatándose de que nadie lo seguía, ¿se habrá dado cuenta?, pensó Valeria. Entonces cambió de rumbo y comenzó a correr nuevamente. Las ganas de seguirlo eran inmensas, y no sabía el porqué. Ni siquiera lo conocía. Sacudió la cabeza como tratando de que se le acomoden las ideas por el sacudón. Dio la vuelta y volvió al hospital. No sin dejar de pensar el porqué había tenido ese ataque repentino de fisgona.

A la tardecita estuvo todo más tranquilo. Después de salir del hospital, fui a comprar para comer algo y acá estoy. Después de cenar, como casi todos los días, con mi copita de Gancia y mi atado de cigarrillos, escribiendo lo poco que se me ocurre de mi aburrida vida.

Cuando Valeria creyó que su día había finalizado y levantó la vista de su NetBook para levantarse e irse a acostar, lo vio de nuevo.
Parado, inmóvil. Mirándola fijo. Otra vez había estado siendo observada por ese hombre. Una extraña sensación recorrió su cuerpo. Quería gritarle, preguntarle qué demonios quería. ¡¿Porque la espiaba?! Tomo fuerza y se levantó de la silla. Se dirigió a la cornisa de la terraza para verlo más de cerca. No dijo nada. Se quedo quieta, parada mirando hacia adelante. Estaba aterrada, no sabía qué hacer.
En ese momento se movió, el hombre se agachó, tomo una piedra y la arrojo hacia la terraza de Valeria. Cayó justo en los pies de ella. Inclinó la cabeza y vio que la piedra estaba cubierta por un trozo de papel. Se agacho para recogerlo. De cuclillas en la cornisa de la terraza de su casa, leyó lo que el papel envuelto en la piedra decía. Sin levantarse del piso miro hacia el edificio en construcción nuevamente. No había nadie. Otra vez. Desvanecido en un segundo.
En ese momento una lechuza paso por donde ella recién estaba parada chillando y aleteando a toda velocidad. Su corazón casi se le sale por la boca. Se levantó. Tiro el papel a la calle, recogió sus cosas y entro para acostarse a dormir.

En la calle, un silencio nocturno que pocas veces se sentía. Un farol en cortocircuito alumbraba la cuadra en periodos de diez o quince segundos por vez.  Y un papel tirado en la zanja, consumiendo de a poco sus letras negras por la oscuridad del agua, que hacía pocos minutos se dejaba leer: “No me vuelvas a seguir